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Rentabilidad

Las dos horas que ponen a prueba tu operación: de la jornada laboral al rediseño del negocio

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Redacción

1 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Portada de Las dos horas que ponen a prueba tu operación: de la jornada laboral al rediseño del negocio

Foto: Pexels

El reloj legal ya tiene fecha fija. A partir del 1 de enero de 2027, el límite legal de la semana laboral en México pasa de 48 a 46 horas, dentro de una ruta gradual que culminará en 40 horas en 2030. Faltan tres meses para ese primer corte y los datos reflejan un rezago evidente: de acuerdo con un estudio de la consultora EY, apenas una de cada cuatro empresas ha comenzado a prepararse formalmente para el cambio, y distintos sondeos sectoriales ubican en sólo 18% a las compañías que se perciben listas.

Cuando una ley cambia, la tentación habitual en dirección general consiste en archivar el asunto en la bandeja de Recursos Humanos o en el despacho del abogado laboral, asumiendo que se trata de un simple ajuste de contratos o de recalcular tabuladores de nómina. En la práctica de una pequeña o mediana empresa, esa lectura resulta peligrosa. Reducir dos horas de la jornada legal sin revisar los procesos internos equivale a transferir directamente una ineficiencia operativa al estado de resultados.

La trampa del tiempo extraordinario

El camino de menor resistencia ante una reducción de horas suele ser el más costoso. De acuerdo con datos de EY, el 71% de las empresas operativas en México ya arrastra una dependencia sistemática de las horas extra para cumplir con sus compromisos de entrega. Si una planta de manufactura, un almacén logístico o un taller de servicios utiliza el tiempo extraordinario como un amortiguador habitual y no como una excepción de emergencia, la reacción refleja ante el nuevo límite legal será evidente: mantener los mismos turnos y pagar esas dos horas semanales como tiempo extra.

Esa decisión genera dos problemas inmediatos. El primero es financiero: el sobrecosto de las horas extraordinarias erosiona el margen bruto en un entorno donde los costos operativos no dan tregua. El segundo es de desgaste humano: prolongar la permanencia de los colaboradores para compensar la falta de sincronía en el taller deteriora el clima laboral, eleva la rotación y termina provocando más errores de calidad. Como señalaba Francisco Martínez Domene, director general de Adecco México, compensar el tiempo disminuido con horas extra aleja a las organizaciones de cualquier ruta genuina de productividad.

La ecuación no se resuelve pidiéndole al personal que corra más rápido en 46 horas ni absorbiendo un sobrecosto automático en nómina. Se resuelve entendiendo dónde se están perdiendo esas dos horas hoy.

Auditar el desperdicio antes de ajustar el reloj

En casi cualquier PyME con procesos físicos o de servicios transaccionales, dos horas por colaborador a la semana no se van en el trabajo efectivo, sino en la fricción entre tareas. El tiempo productivo rara vez se pierde porque la gente no quiera trabajar; se diluye en las interfaces mal diseñadas.

Si diriges una empresa con 30, 50 o 100 colaboradores en piso, la tarea de estos 90 días no consiste en redactar un memorándum apresurado, sino en realizar una auditoría directa de tiempos muertos sobre tres áreas críticas:

  1. Arranques y entregas de turno: En manufactura y distribución, el traspaso de turno suele ser una fuga silenciosa. Herramientas que no están en su lugar, falta de insumos al pie de máquina o instrucciones verbales ambiguas consumen fácilmente entre 20 y 30 minutos al inicio de cada jornada. Estandarizar la entrega de puesto recupera de inmediato ese tiempo sin añadir un solo peso de inversión.
  2. Tiempos de espera por decisiones o materiales: Gran parte de las pausas en operación ocurren porque un operador espera una firma de autorización, la llegada de un lote de almacén o la liberación de un control de calidad. Cada minuto que un colaborador pasa esperando una respuesta de su supervisor es tiempo que luego se intenta recuperar con horas extra al final de la semana.
  3. La disciplina del registro: La reforma exige un control estricto del tiempo laborado. Si hoy no mides con exactitud la entrada, la salida y los lapsos efectivos, estás gestionando a ciegas. Medir no es vigilar con desconfianza; es contar con la línea base indispensable para saber si la capacidad instalada rinde lo que promete.

El criterio de dirección: de la inercia al diseño

Dirigir con personas y con números exige mirar ambas caras de la moneda. Las personas necesitan previsibilidad en su descanso y claridad en sus funciones; los números exigen viabilidad económica y márgenes defendibles. Si tratas la reducción de jornada como un problema exclusivo de costos, terminarás recortando en el lugar equivocado. Si la tratas únicamente como un mandato normativo, terminarás pagando ineficiencias ajenas.

El cambio de fondo que exige este entorno no es legal, sino de diseño directivo: pasar de reaccionar apagando fuegos a diseñar sistemas que funcionen. Quien aproveche estos tres meses para limpiar procesos, eliminar pasos redundantes en su línea de trabajo y clarificar responsabilidades no solo absorberá la transición a 46 horas sin resentir sus márgenes: quedará en una posición mucho más sólida para cuando el calendario marque las siguientes reducciones.

La pregunta para tu próximo comité directivo no es cuánto te van a costar las horas extra en enero. La pregunta es qué procesos internos están consumiendo hoy dos horas de tu equipo sin aportarle un solo centavo de valor a tu cliente.


Fuentes consultadas: El Economista